Reproches y elogios a nuestro perro

El perro es un animal sumamente gregario que muestra tendencia a respetar las «leyes». La vida en sociedad significa observar, comprender y respetar las normas necesarias para la convivencia. Así pues, los cachorros también demostrarán una tendencia natural a seguir estas normas de la vida. Por desgracia, dichas «leyes» no están inscritas en el código genético, no son innatas al perro, por lo que nos tocará a los amos la tarea de enseñárselas.

Imponer con cariño el respeto a las reglas no supone frustración para el cachorro. Un perro joven, crecido en completa libertad, se sentiría abandonado en el plano educativo y no alcanzaría nunca un pleno equilibrio psíquico. Enseñar al perro a que respete las normas no es, por tanto, una exigencia únicamente nuestra, sino también y, sobre todo, una necesidad psicológica del propio animal. El amo no debe sentir pena o miedo de imponerse con decisión al perro mediante un seco «¡no!» cuando éste cometa un error.

En los casos de mayor obstinación se puede recurrir a una leve sacudida, sujetando al cachorro por la espalda; las manos imitan el gesto del padre que regaña al cachorro travieso. El joven animal deberá comprender bien el significado del «no», más para ello hay que tener cuidado de no regañar al cachorro con rabia, sino siempre con la dulzura y el cariño que sentarán las bases de nuestra futura relación.

Sentir rencor hacia un perro es sin duda absurdo, y el buen amo ha de ser capaz de elogiar y rodear de ternura a su protegido cada vez que éste actúe correctamente. No debemos olvidar que el mejor modo de educar no es reprimir (refuerzo negativo), sino elogiar y recompensar (refuerzo positivo).

Un consejo práctico para los neófitos que usan el nombre del perro como castigo: el nombre del animal debe sonar siempre en sus oídos como algo agradable que sólo proporciona alegría. No debemos regañar al perro pronunciando su nombre con aspereza; cualquier otra palabra es más adecuada para este fin. Esta sencilla precaución puede facilitar notablemente la labor del adiestrador.

Si el perro alcanza la edad adecuada para su adiestramiento habiendo recibido una buena educación, habiendo establecido una buena relación con el hombre y mostrándose favorable al aprendizaje, la tarea del educador resultará mucho más fácil y los resultados más satisfactorios.
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