El castigo

El principio del castigo establece que si en una situación determinada el perro hace algo a lo que sigue inmediatamente un suceso desagradable, será menos probable que actúe de la misma forma la próxima vez que se encuentre en una situación similar. En otras palabras, el castigo es un proceso de aprendizaje que enseña al perro a evitar una conducta que en el pasado le ha producido malestar.
Desde un punto de vista biológico la función del castigo es muy útil, ya que permite a los animales aprender a evitar situaciones potencialmente peligrosas.
En el entorno doméstico, el castigo constituye una herramienta educativa muy útil, siempre que sea utilizado apropiadamente. El principal problema del castigo en la educación del perro no radica pues en la decisión de utilizarlo, sino en hacerlo de forma desmedida o simplemente inadecuada. De hecho, durante las últimas décadas los principales expertos internacionales en educación canina han alertado sobre los graves efectos que una utilización incorrecta del castigo puede tener en el carácter del perro. Así, está demostrado que el uso excesivo de castigo, sobre todo de tipo físico, puede provocar en el perro la aparición de miedo, irritabilidad y agresividad, en ocasiones de carácter explosivo y en respuesta a estímulos de baja intensidad.
Un mal uso del castigo fomenta la aparición de actitudes antisociales en el perro, como el miedo y la agresividad.
Por su tremenda importancia práctica en la educación del perro, en los siguientes párrafos analizaremos con detenimiento las características que debe cumplir el castigo para ser, por un lado, eficaz y, por otro, no perjudicial para el perro.

¿Qué se considera castigo?

Hasta ahora nos hemos referido al castigo como la ocurrencia de una experiencia desagradable para el perro, sin más detalles. A menudo el castigo se identifica con la utilización de métodos físicos, como los tirones de correa o el «cachete». Sin embargo, existe otro tipo de experiencias negativas para el perro, que pueden resultar igual e incluso más eficaces.
Desde una perspectiva práctica, las formas de castigo pueden dividirse en 3 tipos:

El castigo físico

El castigo físico incluye cualquier método que produce dolor y, por lo tanto, incomodidad al animal. Abarca desde estímulos de intensidad relativamente moderada, como un cachete o un sonido intenso, hasta las formas de castigo más violentas, como golpear al perro o utilizar un collar de descargas eléctricas.
En opinión de los principales especialistas internacionales no es recomendable la utilización de castigo fisionen la educación de un perro. Día a día, los sistemas físicos ceden terreno a otros métodos educativos, de forma análoga a lo que ha ocurrido en el terreno de la educación infantil.

El castigo verbal

Entendemos por una reprimenda verbal la utilización de un tono de voz que el perro percibe como negativo.
Como ya hemos comentado, nuestro perro nos ve como los líderes de su manada. Por ello, nuestra forma de hablar y nuestra actitud general son muy importantes para él. Si nos mostramos complacidos se sentirá recompensado, mientras que si aparecemos enfadados interpretará nuestra actitud como algo desagradable, es decir, como un castigo.
El castigo verbal es el más recomendable desde un punto de vista educativo, ya que combina eficacia y respeto por el bienestar del perro.
La forma ideal de castigo verbal es pronunciar siempre la misma palabra, por ejemplo «No», con una intensidad fuerte y un tono de voz seco. Para reforzar el castigo es muy útil acompañar nuestra voz de una mirada fija y directa, y de una posición corporal firme.

El castigo pasivo

Hace referencia a la supresión de una recompensa que el perro tenía la expectativa de obtener. Un ejemplo de castigo pasivo es dejar a un niño sin jugar durante un rato como reprimenda por algo que ha hecho. Aquí, la privación del juego, es decir, la no recompensa, se convierte en la experiencia desagradable para el niño.
La forma de castigo pasivo más común en el perro es el denominado «tiempo fuera». Cuando el perro ha mostrado una conducta inadecuada, podemos trasladarlo a un lugar donde se vea privado de todo contado social, por ejemplo, a una habitación en la que no haya nadie.
No existe consenso entre los especialistas en educación canina sobre la idoneidad de esta forma de castigo. Para perros con problemas de exceso de actividad puede sin duda resultar un sistema muy útil. Sin embargo, algunos perros pueden reaccionar con irritabilidad al ser trasladados de un lugar a otro. En tal situación, debemos proceder con cautela, pues la irritación podría tornarse en agresividad. Ante la duda es mejor no aplicar esta forma de castigo.
En cualquier caso, el tiempo que el perro es confinado no debería superar los 30 segundos. Cantidades superiores de tiempo no son necesariamente más eficaces y no son aceptables desde la perspectiva del bienestar del perro.

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