Tilacino

El Tilacino está extinguido

Nombre científico: Thylacinus cynocepbalus

extinción de especies

El tilacino, lobo cebra o lobo marsupial de Tasmania, era sin duda el «lobo» más extraño del mundo. Un antiguo zoólogo europeo lo describió como un «canguro disfrazado de lobo». Con el primero tenía en común la bolsa marsupial (aunque ésta se abría hacia adelante, como en los koalas), la cola larga y rígida, ancha en la base y comprimida lateralmente, y el tarso muy corto. Podía además, como éste, sentarse erguido sobre las patas traseras y la cola y, según algunos testimonios, era capaz de saltar con gran agilidad hasta 2 o 3 m.

Con el lobo tenía un parecido más aparente que real en la forma de la cabeza y en el tipo de dentadura. En realidad, la cabeza era más perruna que lobuna y el cuerpo se comprimía a partir de los hombros, como el de ¡as hienas. Era asimismo característica la librea de su pelaje, con franjas negras o pardas sobre un fondo amarillento, como la de un tigre.

El tilacino corría a medio galope de forma muy extraña, moviendo alternativamente las extremidades opuestas en diagonal. Se alimentaba de canguros, wallabíes y aves terrestres, animales que cazaba al acecho o tras una tenaz persecución a distancia, hasta que mostraban síntomas de agotamiento. Sólo entonces se lanzaba precipitadamente sobre ellos.

Aunque el lobo marsupial no tenía las aptitudes cazadoras del verdadero lobo, sus mandíbulas eran muy potentes y su ángulo de apertura bucal era mucho mayor que el de éste. La posibilidad de abrir tan ampliamente sus fauces le permitía triturar el cráneo de sus presas como si fueran nueces.

Cuando los colonos europeos intentaban cazar el tilacino con perros, sabían a lo que se exponían, porque este marsupial carnívoro no temía ni a los más enconados podencos de caza. Incluso una manada entera de perros se negaba, por miedo, a lanzarse sobre un viejo macho de tilacino cuando lo tenían acorralado. Un cazador del siglo pasado relata cómo un potentísimo y feroz bull terrier atacó a un tilacino acorralándolo contra una oquedad rocosa.

El tilacino, que no podía escapar, se irguió apoyando el dorso contra la pared de la roca; se quedó así buen rato, moviendo la cabeza de un lado a otro y controlando los movimientos de la cabeza del bull terrier. Finalmente, el perro se acercó demasiado y el lobo marsupial le propinó un mordisco tan certero que le arrancó un trozo del cráneo; el perro cayó muerto instantáneamente mientras se desparramaba su masa encefálica.

A pesar de su capacidad mortífera, el tilacino no atacaba al hombre mientras no se sintiera acorralado o hubiera caído en una trampa. Pero esto no fue motivo suficiente para que no sufriera el mismo acoso que los otros animales que, de un modo más o menos arbitrario, habían recibido el nombre de «lobo».

En Tasmania, sobre todo, el tilacino era la bestia negra, el trasgo que infundía un supersticioso temor. En primer lugar, tenía una reputación inmerecida como asesino de ovejas, ya que incluso las estadísticas de la época —totalmente sesgadas en contra del tilacino— ofrecían una proporción mucho mayor de ovejas muertas por dingos o perros. En segundo lugar, a esta injusta reputación se sumaban las viejas creencias de los colonos europeos sobre los lobos, que atribuían falsamente al tilacino un irreprimible instinto sanguinario, llegando a afirmar que, como un vampiro, chupaba la sangre de sus víctimas mordiéndoles la yugular.

No es, pues, extraño que los colonos intentaran matar el mayor número posible de tilacinos y que aplastaran sus despojos hasta convertirlos en una pulpa informe, completamente inútil para cualquier objetivo científico.

Sin embargo, es posible que la regresión del tilacino como especie hubiera empezado mucho antes. La población marsupial de Australia acusó sensiblemente hace 25.000 años la llegada del dingo, un carnívoro placentado estrechamente relacionado con el lobo y el perro, cuyos hábitos alimentarios se superpusieron a los de los marsupiales carnívoros de mayores dimensiones.

Según diversos autores, la competencia entre el dingo y los marsupiales fue una de las causas que provocaron la extinción del lobo marsupial y del diablo de Tasmania. Sin embargo, aunque el tilacino casi se había extinguido en el continente hace 3.000 años, lo cual parecería confirmar la teoría de estos autores, no hay que olvidar que el dingo convivió con el tilacino 5.000 años y con el diablo de Tasmania 7.000.

El tilacino fue declarado «animal dañino» en Tasmania en 1888. Desde ese año hasta 1910 el gobierno daba una prima de una libra por cada pellejo entregado. A lo largo de este período se mataron unos cien tilacinos anuales hasta 1904 año en que el número de piezas cobradas empezó a declinar sensiblemente. A partir de 1909 ya no se registra ningún pellejo de tilacino. La suma total de estas piezas alcanza la cifra de 2.268, pero ésta sólo es la oficial; el número de tilacinos sacrificados debió ser mucho mayor, porque los granjeros locales y las compañías privadas también otorgaban sustanciosas primas.

principales animales en peligro de extinción

En realidad, la caza del tilacino había empezado mucho antes de la fecha oficial (1888). En 1840 la Compañía Terrestre de Van Dieman ya ofrecía primas por su captura. Éstas eran muy elevadas, lo cual sugiere que la destrucción de estos animales tenía una notable importancia económica para la comunidad de granjeros.

En 1936 el gobierno decretó la protección absoluta del tilacino, castigando con onerosas multas a quien matase algún ejemplar. Pero ya era demasiado tarde. La última muerte de un tilacino salvaje se registró en Mawbanna, en 1930, y en 1933 fue capturado vivo el último ejemplar de la especie. Fue llevado al parque zoológico de Hobart, donde murió tres años más tarde. Desde entonces varias personas han afirmado que habían visto este animal e incluso que lo habían matado.

La investigación de una de estas pretendidas «muertes» únicamente dio como resultado una mata de pelos y unas muestras de sangre de dudoso origen; otra, un galgo malherido. Según el Dr. Guiler, experto en tilacinos, el caso de la muerte sangrienta de varios corderos en el Valle de Derwent, cerca de Hobart, en 1957, podría atribuirse a este animal. Más tarde, en 1965, unos zoólogos encontraron indicios, en su opinión inconfundibles, de una guarida de tilacinos en un barco naufragado en la costa oeste.

Los tilacinos fueron capturados sobre todo en la sabana arbórea de Tasmania, cerca de los afloramientos rocosos, y en menor número en los bosques pluviales del SO de la isla. Puesto que éste es el único refugio posible de la especie en la actualidad (al menos en Tasmania), su supervivencia no es muy esperanzadora, aunque desde su extinción oficial en 1936 se hayan registrado varios indicios de su posible presencia.

Tras el último estudio científico sobre las numerosas y minuciosas búsquedas realizadas en Tasmania, se llegó a la conclusión de que faltaban pruebas para afirmar la supervivencia del tilacino a partir de 1936. Sin embargo, en 1985 salieron a la luz pública nuevas posibles pruebas de su existencia. Pero no procedían de Tasmania. Las «pruebas», tres fotografías de lo que parece un tilacino vivo, tomadas por un aborigen llamado Kevin Cameron, fueron publicadas por la revista británica New Scientist.

Pero inmediatamente después de su publicación se entabló un intenso debate sobre la autenticidad de las fotografías. En primer lugar, las franjas dorsales características son muy pálidas, lo que podría indicar que se trata de un animal disecado. En segundo lugar, resulta extraño que el cazador aborigen dejara su fusil en el suelo ante un animal tan peligroso y que pudiera hacer las fotografías a una distancia tan corta.

Pero lo más extraordinario es que las fotografías fueran tomadas en Australia Occidental. Según la versión oficial, el tilacino se había extinguido en el continente hacía varios milenios —el cadáver más reciente, completamente momificado y con las franjas aún claramente visibles, fue encontrado en una cueva de la llanura de Nullarbor y correspondía a un animal muerto hacia el 2.500 a. C.—, y sólo había podido sobrevivir en Tasmania porque esta isla se había separado de Australia hace 12.000 años, antes de la llegada del dingo.

Sin embargo, no es improbable que algún día puedan observarse tilacinos en Australia. Hace pocos años se encontraron indicios que se remontaban a menos de 80 años y aún subsiste la esperanza de que algunas manadas sobrevivan en el «bush» o monte bajo del interior, lejos de las populosas zonas costeras.

En cualquier caso, si se comprobara que existe una población viable en Australia Occidental, éste sería uno de los descubrimientos zoológicos más importantes del siglo.

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