Rorcual o ballena azul

El Rocual azul está en peligro de extinción

Nombre científico: Balaenoptera musculus

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El rorcual o ballena azul es el mayor animal conocido que ha existido en la Tierra. Algunos dinosaurios gigantes tenían una longitud comparable, pero su peso era mucho menor; incluso el gigantesco Brachiosaurus no superaba las 80 Tm. Existe, no obstante, una subespecie pigmea (B. m. brevicauda), de dimensiones menores por tener la cola más corta, que habita en el hemisferio sur en torno a las islas de Heard, Kerguelen y Crozet.

Antes de su explotación, el 90% de las ballenas azules —entre 150.000 y 210.000 ejemplares— solía encontrarse en el hemisferio sur; las poblaciones del Pacífico Norte tenían cierta importancia y, probablemente, la especie nunca fue abundante en el Atlántico Norte. Todas estas poblaciones invernaban en aguas templadas y subtropicales, y en primavera migraban hacia los polos. Durante el verano se alimentaban en los océanos glaciales de los eufasiáceos, muy abundantes en esta estación. En otoño, las ballenas azules emprendían el camino de regreso hacia el ecuador.
La ballena azul emite una serie de clics y sonidos profundos de baja frecuencia que probablemente utiliza para eco-localizar las masas de krill.

Sólo se alimenta en verano; durante el resto del año, es decir, durante siete u ocho meses, se supone que no ingiere ningún alimento y que vive a expensas de la grasa acumulada. La cópula, en cambio, tiene lugar en invierno, cuando se encuentra en latitudes tropicales o templadas. Tras una gestación de unos diez meses, nace una sola cría, y en muy raros casos dos, que mide 7 m y pesa 2 Tm. Cuando a los siete u ocho meses se produce el destete, ya mide 15 m de longitud. Alcanza la madurez sexual entre los cinco y diez años y su longevidad puede alcanzar los 110 años. Las hembras pueden tener una cría cada dos años.

La diferencia de estaciones entre ambos hemisferios es la causa de que todas las poblaciones migrantes de rorcual azul se muevan en la misma dirección simultáneamente. Por esta razón las poblaciones del hemisferio norte no se mezclan con las del sur. Según diversos autores, existen distintos stocks que, después de solaparse hasta cierto punto en las zonas de alimentación estival, se separan y regresan a sus territorios invernales de cría. Pero la opinión sobre este punto no es unánime: algunos opinan que, en la actualidad, los reducidos efectivos de esta especie se reparten por todo el océano, sin formar grupos detectables. En cualquier caso, parece que la subespecie pigmea no migra tan hacia el trópico como las restantes poblaciones (o la otra, según la segunda opinión), ya que no ha sido identificado ningún ejemplar al norte del Indico meridional o las costas de Chile.

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La historia de la disminución de efectivos de rorcual azul —y posteriormente de los otros rorcuales— está estrechamente relacionada con el desarrollo de la industria ballenera moderna. En 1863 el noruego Svend Foyn inventó un cañón para disparar arpones y en la misma época los buques de vapor sustituían a los veleros. Así se abrían las puertas a la explotación de los grandes rorcuales, que hasta entonces habían sido prácticamente inaccesibles por su veloz desplazamiento y por hundirse una vez muertos. En 1905 se descubrieron los pastos antarticos de los rorcuales azul, común y norteño, y el océano Austral no tardó en suplantar al Atlántico Norte como centro mundial de pesca de la ballena.

En 1925 empezó a operar en el Antartico el primer buque moderno equipado para izar las ballenas a cubierta. El mayor y más valioso rorcual, el azul, era la captura predominante hasta finales de los años 30; en el verano antartico de 1930/31, por ejemplo, se masacraron 29.000 ejemplares. En esta época empezaron a declinar los efectivos de rorcual azul y los balleneros centraron su actividad en aguas más norteñas, convirtiéndose el rorcual común en el sostén principal de la industria ballenera durante los siguientes treinta años.

En los años 60 la ballena azul estaba casi extinguida y en 1965 se decretó su protección total. Los efectivos de rorcual común, por su parte, también estaban en franca decadencia y la actividad ballenera se desplazó más al norte, en busca del rorcual norteño. A finales de los años 80 se prohibieron las operaciones balleneras a gran escala en e! Antartico, y se abrigaba la esperanza de que los principales «stocks» de rorcuales hubieran sobrevivido y que, a partir de ellos, en un futuro podrían recuperarse los grandes bancos de antaño. Sin embargo, las estimaciones publicadas por la junta de la IWC en 1989 revelaron que en el hemisferio sur apenas existían quinientas ballenas azules y entre dos y tres mil rorcuales comunes.
Es difícil evaluar el número total de ballenas azules. En 1987 algunos autores hablaban de sólo mil ejemplares, mientras que otros, un año más tarde, ofrecían la optimista cifra de cinco a diez mil.

En cualquier caso, entre la comunidad científica internacional existen serias dudas sobre la viabilidad de las restantes poblaciones a causa de la escasez de sus efectivos. A la amenaza demográfica del número se deben sumar las contaminaciones química y acústica y el incremento de las capturas de krill.
La UICN considera que el rorcual azul está en peligro de extinción y la CITES lo clasifica en el Apéndice 1. No se debe escatimar ningún esfuerzo para evitar que esta especie, el animal más grande de toda la historia de la Tierra, desaparezca de los mares del Planeta.

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