Perro cazador africano

El Perro cazador africano está en peligro de extinción

Nombre científico: Lycaon pictus

especies en peligro

El perro cazador africano es el único miembro del género Lycaon cuyo parentesco con perros y lobos es bastante lejano. Es un animal exclusivamente carnívoro, con una impresionante dotación de dientes cizallantes, y sus pies anteriores sólo tienen cuatro dedos.

Aunque en raras ocasiones ha atacado al hombre, es perseguido con ahínco porque entre sus presas se encuentran el ganado doméstico y la caza silvestre o semisilvestre. Por su voraz apetito y sus hábitos sanguinarios pronto se convirtió en la bestia negra de rancheros y cazadores, y hoy los conflictos con los ganaderos se han intensificado por la costumbre de los perros cazadores de extender su territorio fuera de las zonas protegidas.

También son odiados por sus hábitos crueles y sanguinarios, pero estos animales, como los demás depredadores, son piezas esenciales del ecosistema en que habitan. Por lo demás, cuando se trata de compartir la pieza cobrada, los perros cazadores son tan generosos con sus congéneres como feroces en la persecución. Un hecho que olvidan incluso los guardas de los parques, quienes se excusan en su «abominable» ferocidad en la caza para justificar unas campañas de exterminio tan injustas como equivocadas.

A la persecución por parte del hombre se suman, como causas del declive de sus poblaciones, las epidemias y la destrucción de su habitat. El perro cazador africano ha sido exterminado en África del Sur, excepto en las inmediaciones del Parque Nacional Kruger, y han disminuido drásticamente sus efectivos en Namibia, Kenia, Tanzania y Zimbawe. Entre 1970 y 1977, la densidad de perros cazadores en el Serengeti (Tanzania) descendió de un individuo adulto por 35 km2 a uno por cada 200 km2. Hoy la población mundial probablemente no supera los 7.000 individuos, y la especie ha sido clasificada como vulnerable por la UICN.

Los perros cazadores africanos cazan, descansan, viajan y se reproducen en jaurías de dos a veinte individuos —la cifra media es de siete u ocho adultos—, y sumando las crías llegan a treinta o incluso cuarenta ejemplares. Los territorios de caza de estas extensas jaurías alcanzan los 3.900 km2 (Van Lawick-Goodall, 1971), aunque la media oscila entre 1.500 y 2.000 km2.
Cuando los líderes de la jauría se reproducen —el macho y la hembra dominantes suelen inhibir la reproducción de los subordinados—, los perros cazadores se vuelven más sedentarios.

Suelen utilizar como cubil durante dos o tres meses la madriguera de un oricteropo. Durante la época reproductiva los territorios de caza se reducen drásticamente: George Schaller observó en el Serengeti, en 1970, una jauría que apenas había utilizado un área de 160 km2 durante los 2,5 meses de esta época.

Por otra parte, la territorialidad de los licaones no parece muy elevada: hace años, cuando aún podían contemplarse las migraciones de las grandes manadas de springboks o gacelas saltarinas en África meridional, a veces se observaban congregaciones temporales de varios centenares de perros cazadores.

Mucho más intrincada y compleja es su estructura social. En primer lugar, caso insólito entre los mamíferos sociales, la proporción de machos en las jaurías es mucho más elevada que la de hembras, generalmente el doble, aunque puede llegar a ser de ocho a una. Más aún, en una curiosa inversión del proceso habitual entre los mamíferos, las hembras emigran de su grupo natal en una proporción mucho mayor que los machos.

Pero las irregularidades no concluyen aquí. Las hembras, que en su jauría original vivían una plácida existencia, al llegar a la jauría receptora comienzan a competir para reproducirse de un modo tan agresivo que algunas perdedoras incluso encuentran la muerte. La hembra ganadora adquiere el rango de dominante y, normalmente, sólo ella logrará tener descendencia. Si alguna de las restantes hembras consigue reproducirse, la hembra dominante hará todo lo posible para quedarse con sus cachorros; los demás mueren o quedan gravemente heridos en la lucha que entabla la primera para recuperar a sus crías.

animales en via de extinción

En segundo lugar, los machos juegan un rol primordial en la alimentación y cría de los jóvenes, lo cual, por otra parte, es una consecuencia lógica de la inversión de papeles entre los sexos. Un aspecto primordial de la cría consiste en enseñar a cazar a los jóvenes, ya que, según las últimas investigaciones, la mayor parte de las técnicas de caza de la manada no son innatas, sino adquiridas. Esto parece quedar demostrado por el hecho de que las jaurías de licaones que cazan cebras en el Serengueti utilizan desde hace varios años la misma complicada estrategia —la jauría ataca por sorpresa a la manada de cebras, acorrala a la más débil antes de que el semental la defienda y, mientras un perro le muerde la cola y otro el labio superior, el resto de la jauría la destripa — , como si se tratara de una tradición que cada generación aprende de su predecesora.

El período de gestación del Lycaon es de 79-80 días y la camada está formada por unas seis a dieciséis crías, siendo la media de diez. Abren los ojos a los trece días y a las tres semanas salen de la madriguera y empiezan a comer algún alimento sólido. El destete suele tener lugar a las once semanas. Todos los miembros de la jauría regurgitan comida para las crías; en una ocasión, tras la muerte de la madre, los machos de la jauría criaron hasta la madurez a los cachorros, que tenían cinco semanas de edad. Cuando la jauría sale de caza, uno o dos adultos permanecen en el cubil para cuidar de los cachorros. A los tres meses de edad, comienzan a seguir a la jauría, entre los nueve y once son capaces de matar presas fáciles y entre los doce y veinticuatro meses ya se pueden valer por sí mismos.

Pero casi nunca cazan en solitario, porque, salvo cuando se trata de presas pequeñas —liebres, roedores, dik-diks— , su estrategia de caza se basa en la acción concertada del grupo. Una vez localizada la presa, casi siempre por medio de la vista, los perros de la jauría se acercan sigilosamente y, en el mismo momento en que aquélla aprieta a correr —parece que éste es el detonante para la acción de la caza—, los licaones salen en su persecución a una velocidad que a veces supera los 60 km/h, y que mantienen durante 10 a 60 minutos, en recorridos que pueden alcanzar los 5 km. Ningún ungulado es capaz de batir este ritmo, aunque sea capaz de alcanzar velocidades mucho más altas durante un corto trayecto. Si la persecución no se eterniza, la presa caerá bajo las feroces dentelladas de los miembros más expertos del grupo.

Gracias a su sistema cooperativo de caza y a la naturaleza abierta del terreno, el perro cazador es un eficaz depredador. El 70%, y a veces incluso el 85%, de los intentos de caza son coronados por el éxito, siendo el promedio de tiempo invertido en su ejecución, desde el momento en que la presa ha sido avistada, de media a una hora.

La persecución de la presa suele hacerse en fila india; el primer perro se acerca lo máximo posible y el segundo, e incluso el tercero, mantiene con el primero una distancia muy corta. Si la persecución es breve, el primero muerde a la pieza y la tira al suelo; de lo contrario, el perro siguiente toma el relevo y se encarga de cobrarla. Entonces los demás miembros de la jauría se arrojan sobre ella y, pocos minutos más tarde, la devoran amigablemente.
Generalmente observan el orden jerárquico, pero si hay cachorros presentes, les ceden los primeros bocados. También los perros adultos que por estar heridos no han podido participar en la caza son invitados al festín.

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