Oso pardo

El Oso pardo está en peligro de extinción

Nombre científico: Ursus arctos

causas de la extinción de animales
El oso, animal totémico de casi todas las culturas paleolíticas /neolíticas del hemisferio norte, continúa siendo el animal emblemático por excelencia en la cultura occidental. Por su gran tamaño (los osos del SE de Alaska son los carnívoros de mayor tamaño del mundo) y su aspecto casi humano cuando se yergue sobre sus patas traseras, ocupa un lugar indiscutible en la literatura, en la heráldica, en la historia y en la leyenda. Pero, desde tiempos inmemoriales, ha engendrado sentimientos ambivalentes porque también es un animal peligroso.

A ello contribuyen, sin duda, su inteligencia, que lo convierte en un animal de reacciones imprevisibles, sobre todo cuando se siente acorralado, y en las regiones habitadas o muy visitadas donde aún abunda —Parques Nacionales Gla-cier y Yellowstone en EE.UU., lago Baikal en Siberia, etc.—, las particularidades de su conducta reproductiva.

Las hembras defienden como un tesoro su escasa progenie contra cualquier intruso (el ser humano es considerado en este caso una gran amenaza) y los machos luchan con sus oponentes para asegurar la perpetuación de sus propios genes. Pero como las hembras están en celo breves períodos y son promiscuas, los machos intentan copular con el máximo número posible de éstas y, para evitar el peligro a veces mortal de enfrentarse luego con otros machos de la misma talla, expulsan de sus dominios a los subadultos, matándolos con cierta frecuencia. Es probable que en muchos casos de ataque al hombre, el oso macho, a causa de su deficiente vista, le haya confundido con un congénere subadulto.

Sin embargo, la mayoría de ataques sufridos por el hombre están provocados por la intrusión de personas en sus dominios, ya que es un animal de hábitos pacíficos —especialmente en Europa, donde el oso ha tenido más contacto con el hombre— y suele evitar la presencia humana.

Si al potencial peligro que representa para la especie humana sumamos su relativa afición a atacar el ganado ovino o vacuno, comprenderemos por qué ha sido tenazmente perseguido en las zonas más habitadas de su rango de distribución original. Sin embargo, el oso es un animal omnívoro, con predominio de la alimentación vegetariana. La dieta del oso de los Pirineos, por ejemplo, está constituida en un 75% de frutos y bayas (frambuesas, arándanos, fresas, uva de oso, manzanas, guindas, hayucos, castañas, etc.), tubérculos y bulbos (Conopodium majus, AHium ursinum, Crocus, Orobanche, etc.), hierba, setas y otros vegetales.

El resto de la dieta se completa con diversos animales de pequeño tamaño —sobre todo los pequeños invertebrados que abundan entre las hojas caídas, el humus y el musgo— y sólo en ocasiones, especialmente cuando sale de su letargo invernal, ataca a fitófagos de tamaño mediano, entre ellos el indefenso ganado.
No obstante, el odio atávico contra este animal ha sobrevivido hasta nuestros días y el resultado ha sido la desaparición casi completa de las antaño abundantes poblaciones en las praderas norteamericanas, en California (la subespecie U. a. ca/ifornicus se extinguió en los años 20) y en casi toda Europa occidental, donde los pastores de las montañas aún hablan del oso con una mezcla de miedo y admiración.

Durante la Edad Media, el oso pardo probablemente ocupaba todas las zonas rurales de la península Ibérica, como parece atestiguarlo el hecho de que las escasas poblaciones restantes ocupan actualmente zonas que, por mantener todavía las actividades tradicionales, presentan un grado medio de humanización. Y no sólo los bosques y las montañas, pues según Claude Dendaletche, gran estudioso de la ecología y la antropología de los Pirineos, «el oso no es silvícola y montano más que secundariamente y se refugia en lo más profundo de los bosques como consecuencia de la acción humana».

En el s. xiv aún se encontraban osos en los montes de Tarifa y de Lorca, e incluso en la periferia de Madrid, pero a finales del s. xvín la especie quedó reducida a las montañas cantábricas y pirenaicas, y algunas de sus prolongaciones hacia el sur. Hoy, el total de la población española se cifra en los 80-90 ejemplares que viven en la cordillera Cantábrica, y los escasos 15 osos, distribuidos en dos núcleos aislados entre sí, que habitan en ambas vertientes de los Pirineos.

El futuro del oso de los Pirineos es, por tanto, muy difícil, ya que para que una población sea viable genéticamente se necesitan como mínimo de setenta a noventa individuos. A esto se ha de añadir el problema de las reservas establecidas en la vertiente española, que tienen una extensión muy inferior al área de actividad del animal. Los osos cántabros parecen tener mejor suerte, especialmente los del núcleo occidental que cuenta con sesenta a ochenta individuos (aunque los del sector oriental, con sus veinte ejemplares, corren un serio peligro de consanguinidad ya que en Cantabria, Castilla y León existen planes muy serios de recuperación de la especie. Sin embargo, se ven enfrentados a una serie de amenazas, como la destrucción de su habitat (apertura de carreteras, construcción de embalses, turismo agresivo y deforestacíón) y el furtivismo practicado por bandas de delincuentes organizados.

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