Manatí de las Antillas

El Manatí de las Antillas está en peligro de extinción

Nombre científico: Trichechus manatus

animales en peligro de extinción

Manatí de las Antillas


En las crónicas de los primeros navegantes que llegaban al Nuevo Mundo se menciona a unas hermosas mujeres, dotadas de orondos pechos y de cola de pez, que salían al encuentro de los barcos, mostraban con descaro su busto y se restregaban en la superficie del casco. El estudio de estos fantásticos seres reveló que no se trataba de las bellas sirenas descritas por los marineros, sino de unos mamíferos acuáticos cuyo rostro no destacaba precisamente por su belleza y cuyas formas y dimensiones no evocaban en ningún sentido la gracia y fragilidad femeninas.

Las famosas sirenas eran, de hecho, manatíes de las Antillas, los primeros representantes de un género y una familia (triquéquidos) desconocidos por los europeos, que entonces sólo tenían vagas menciones del dugongo, sirenio perteneciente a una familia distinta.

Sin embargo, y a pesar de que Colón durante su segundo viaje ya había expresado su decepción al anotar en su diario que las sirenas no eran tan hermosas como se decía, la confusión entre auténticos manatíes y mitológicas sirenas persistió casi hasta nuestro siglo. La causa debe buscarse, más que en cualquier otro aspecto, en la costumbre «humanamente» maternal de las hembras de sujetar a sus crías con las aletas anteriores y el amplio uso que hacen de ellas, durante la época de celo, machos y hembras para acariciarse, palparse y abrazarse a porfía.

El manatí de las Antillas, una de las tres especies del género, vive en bahías y otras aguas costeras resguardadas y poco profundas y en estuarios, lagunas y ríos. Frecuenta por igual las aguas saladas y dulces, aunque es probable que sus preferencias se decanten por estas últimas. Aunque tolera temperaturas más bajas, prefiere las aguas cálidas, con temperaturas situadas por encima de los 20 °C.

Las poblaciones mejor conocidas son las de Florida que, cuando la temperatura del aire es superior a 10 °C, recorren la costa del Golfo de México e incluso la costa atlántica de EE.UU. hasta el estado de Virginia. En invierno, los manatíes se congregan en las aguas más cálidas de los ríos Crystal y Homosassa, en Florida central, aunque algunos prefieren aguas todavía más cálidas, como las fuentes termales y efluentes de centrales eléctricas, o bien invernar en las aguas tropicales de Florida del sur.

En general, los manatíes de las Antillas son animales tímidos que evitan la presencia del hombre; sin embargo, algunos individuos han aprendido a confiar en los turistas que bucean con gafas y tubo, y permiten que los acaricien. En cualquier caso, son animales muy plácidos, poco o nada agresivos, ni siquiera en la época de celo. Su enternecedora dulzura, que trasluce su mirada vacuna, suple en cierto modo su escasa inteligencia cuando se les compara con los cetáceos. Sin embargo, no es cierto, como pretenden algunos, que los machos esperen en fila india su turno para reproducirse: como sucede en las demás especies animales, cada macho intenta ser el primero.

Sí es cierto, en cambio, que las peleas entre manatíes machos se limitan a unos cuantos empujones y ligeros golpes en el hombro. Es probable que entre los machos se establezca, como entre los de las ballenas, una jerarquía mediante reclamos y gritos, pero este extremo no ha podido ser comprobado. En cualquier caso, los manatíes emiten frecuentes vocalizaciones para relacionarse con sus congéneres; de ahí que los antiguos marineros que se acercaban a ellos tuviesen la impresión de oír las lamentaciones de las ánimas en pena.

Como verdaderas vacas marinas, los manatíes de las Antillas pacen diversas especies de plantas vasculares sumergidas, sin desdeñar por ello la vegetación emergente o flotante. En Florida, su alimento favorito lo constituyen los jacintos acuáticos, unas plantas muy invasoras que fueron importadas de América del Sur durante el siglo pasado. Repetidas veces se ha hablado de utilizar esta especie, capaz de ingerir 20-30 kg de jacintos acuáticos, para limitar la proliferación de estas plantas que, en ciertos casos, constituyen una auténtica plaga.

El manatí suele ingerir una buena dosis de invertebrados junto con la vegetación acuática y, ocasionalmente, peces muertos o atrapados en las redes, obteniendo así un aporte de proteínas nada desdeñable.
El manatí de las Antillas es un buen nadador. Aunque su velocidad de crucero no suele superar los 4-5 km/h, puede alcanzar los 25 km/h si se siente amenazado. Además, es un gran migrador.

En Guayana se han capturado ejemplares a 15 km de la costa y en otras zonas de Sudamérica se han observado en ríos a 800 km de su desembocadura. La mayoría de los manatíes son nómadas y recorren cientos de kilómetros, descansando durante varios días o meses en los estuarios y ríos que les proporcionan alimento. Esas migraciones, que siguen rutas preestablecidas, están íntimamente relacionadas con las condiciones climáticas. Antiguamente, las poblaciones orientales descendían en invierno al Caribe y en verano remontaban el curso de los ríos. Hoy se han visto obligadas a abandonar este trayecto y los ejemplares supervivientes in-vernan en los manantiales de aguas termales.

El manatí de las Antillas es una especie poco sociable. La única asociación duradera es la de la hembra con su cría, aunque a veces, en zonas favorables, se forman grupos de tamaño y duración variables, cuyo objetivo común es alimentarse, migrar o congregarse en aguas más cálidas, descansar o jugar.

Aunque estos grupos pueden estar formados por ejemplares de todas las edades y sexos, la tendencia a asociarse está más desarrollada en los machos adultos, muy propensos a actividades que parecen desprovistas de cualquier otra finalidad que no sea la lúdica.

Una asociación de diferente cuño es la que tiene lugar en la época reproductiva cuando los machos, a veces congregados en gran número (hasta diecisiete machos por hembra), siguen sin tregua a las hembras con una intención muy concreta; pero esta «asociación» es enérgicamente repudiada por éstas, hasta el momento en que deciden copular con el mejor contrincante.

Las luchas entre los machos se reducen, como en otros sirenios, a la expresión mínima: empujones constantes, a veces algo violentos, para acceder a una posición más cercana a la hembra.

Después de unos trece meses de gestación nace una sola cría —rara vez dos—, que no se aleja de la madre hasta su completo destete; éste tiene lugar entre el año y los dos años de edad.

El intervalo entre partos es de 2,5 meses, aunque puede reducirse si la cría muere. Las hembras alcanzan la madurez sexual a los ocho o nueve años; los machos, como promedio, un año más tarde. La longevidad de la especie es de unos cuarenta años.

Los indios de Florida ya perseguían al manatí por el buen sabor de su carne. Empleaban un método de caza muy curioso: saltaban sobre el lomo del animal y le hundían unos tapones de madera en los orificios nasales para que muriera por asfixia. Es probable que, a causa de su espesa capa de grasa, las armas de los indios no fueran muy eficaces, y que se vieran obligados a utilizar esta treta que no dejaba de ser arriesgada porque los manatíes, aunque muy pacíficos, son animales muy fuertes.

Sin embargo, la caza abusiva de los manatíes se inició ya bien entrado el s. XVI, cuando empezó a explotarse comercialmente. Actualmente, la especie ha desaparecido de las pequeñas Antillas y sus efectivos continúan disminuyendo en casi todo su rango de distribución geográfica, a pesar de estar legalmente protegido. La mayor población actual, que habita en Ja Guayana Inglesa, reúne a varios miles de individuos.

Otras menos importantes —unos pocos centenares en cada país— son las de Belice, Surinam y la Guayana Francesa y, por supuesto, la de Florida, que se estima en unos 1.200 efectivos, repartidos equitativamente en ambos lados de la península. De hecho, los manatíes de Florida pertenecen a dos subespecies distintas; los que viven en la costa del Golfo pertenecen a la subespecie T. manachus latirostris, centrada en Florida, y los de la costa atlántica, a la subespecie T. manaros manatus, que vive en el resto del rango.

Los accidentes causados por lanchas motoras, la caza despiadada a manos de vándalos y la destrucción progresiva del habitat costero y fluvial han sido las causas de la drástica disminución de las poblaciones de Florida, que antiguamente se cifraban en varios miles de ejemplares.

En 1991 murieron 174 manatíes: en 53 casos la muerte se produjo por colisión con lanchas motoras. Si esta tendencia continúa, algunos científicos estiman que la especie puede extinguirse en Florida dentro de unos diez años. Por esta razón, Daniel Odell y su equipo de investigación del Sea World of Florida han intensificado sus estudios sobre la dinámica de las poblaciones de esta especie y las medidas más adecuadas para su conservación. Entre las más importantes cabe destacar la rehabilitación de animales heridos.

Una de las más espectacuares consistió en diseñar y adaptar un enorme vestido de neopreno a una hembra de 1.300 libras que no podía emerger a la superficie por haber colisionado con una lancha motora.

El vestido estaba equipado con un bolsillo lateral que podía llenarse con cantidades variables de espuma de poliuretano, para que los investigadores pudieran ajustar la flotación del animal en el agua. Una medida más reciente ha sido la promulgación, en el verano de 1992, del Florida Manatee Santuary Act, en la que se establecen nuevos santuarios marinos para el manatí de Florida y se regula con mayor severidad la navegación de las embarcaciones motoras.

El número total de ejemplares supervivientes en todo el Caribe, con la excepción de Belice y las tres Guayanas, debe aproximarse a los cien. En Brasil, la especie ha desaparecido de la mayor parte de su rango original; hoy sólo se encuentra en río Mearim, en Maranhao y tal vez en algún otro sitio remoto.

La UICN considera el manatí de las Afilias como especie vulnerable y la CITES la incluye en el Apéndice 1. Sin embargo, el Departamento del Interior de EE.UU., por ejemplo, la considera como especie en peligro de extinción.

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