Lobo común

El Lobo común está en peligro de extinción

Nombre científico: Canis lupus

especies en peligro

Hace dos millones de años el lobo ya había adoptado la forma actual, adaptada a la vida de cazador sociable, y se había convertido en el más ubicuo depredador de la Tierra. Incluso hoy, aunque su rango original ha disminuido considerablemente, el lobo común continúa siendo, después del hombre por supuesto, el mamífero terrestre más extendido del mundo.
A pesar de la persecución de que ha sido objeto, aún se puede encontrar en todos los biotopos y hábitats del hemisferio norte, excepto en las selvas tropicales y los desiertos más áridos. Sin embargo, a pesar de su tolerancia ecológica y de su gran ubicuidad geográfica, el lobo como especie se ha convertido en un animal vulnerable.

El odio contra este magnífico depredador es tan viejo como el hombre. En los albores de la humanidad, el lobo, más que una amenaza directa, era el más importante competidor del hombre; en realidad, el sentimiento hacia el lobo debía ser una mezcla de admiración y de odio a partes iguales, ya que es probable que los antepasados del Homo sapiens aprendieran de él muchas técnicas de caza. Más tarde, con la implantación de la ganadería, el lobo pasó a ser un enemigo directo y la poca admiración que ya despertaba —la leyenda etrusca de la loba de Roma sería un ejemplo— se transformó en odio.

Ningún animal ha alimentado tantas leyendas y mitos como el lobo, y en la mayoría de ellas aparece como un animal temible y odioso, como la encarnación de lo más oscuro, traicionero y diabólico, de la bestialidad que está más allá de toda redención posible.
En las jóvenes naciones norteamericanas, el odio a los lobos no era menos emocional, aunque sus motivaciones eran más económicas. Los antiguos colonos consideraban a los lobos «auténticos enemigos del Estado» y constituían, al igual que los amerindios, el principal obstáculo para el progreso.

Pero puede hallarse cierta justificación a la secular predisposición del hombre en contra del lobo. En primer lugar, siempre ha sido considerado una amenaza directa para la vida humana. En efecto, se han documentado varios ataques de lobos a hombres, con el resultado de muerte en algunos casos. En una fecha tan reciente como 1948, un lobo mató a veinte personas en un pueblo de Rumania. Sin embargo, casi todos los ataques fueron realizados por animales rabiosos. Las personas no murieron a causa de las heridas, sino de la rabia.
Existen, no obstante, algunas excepciones notables de lobos asesinos no afectados por la rabia. La más famosa quizá sea la «Béte de Gévaudan», una bestia que hacia 1760 aterrorizó durante tres años una región de las montañas Cévennes, en el centro de Francia, y mató a un centenar de personas, en su mayoría niños pequeños. Una bestia que, en realidad, eran dos; una pareja de lobos sobre la que se han formulado las teorías más dispares.

Pero existe una razón más importante, o al menos más sostenible, que explicaría el odio atávico hacia el lobo: la depredación que desde tiempos inmemoriales ha efectuado sobre los animales domésticos, especialmente vacas, ovejas y renos. Por esta razón, y también por la creencia, casi siempre errónea, de que causaba estragos en las especies de caza, el lobo ha sido perseguido con todos los medios posibles: cepos, trampas, galgos barzoí y otros perros, batidas, etc. Durante el siglo pasado se utilizó ampliamente el veneno para su eliminación, y a mediados del actual se puso de moda matar lobos desde helicópteros o aviones, especialmente en la tundra.

El caso de los alces de Isle Royale, en EE.UU., ¡lustra hasta qué punto puede ser engañosa la excusa cinegética. Hace unos cincuenta años estos animales, que se habían quedado sin ningún predador que controlara su número, se reprodujeron hasta límites insospechados y agotaron casi todas las reservas alimenticias de la isla. Toda la población estuvo a punto de caer en el colapso, y los alces hubieran desaparecido de la isla si un puente de hielo no hubiera permitido la penetración de los lobos. Éstos comenzaron a alimentarse de los alces más viejos y débiles. Se creó, por tanto, una nueva presión depredadora que consiguió sanear las poblaciones de alces y controlar su número, permitiendo que el alimento vegetal creciera de nuevo. A partir de entonces, los alces de Isle Royale no han tenido que sufrir grandes hambres.

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A principios del actual siglo, el lobo —que ya había sido exterminado de las Islas Británicas hacia 1700— había desaparecido de la mayor parte de Europa occidental y Japón. Durante las dos guerras mundiales aumentaron levemente sus poblaciones en estos territorios, pero la recuperación fue breve y anecdótica, En realidad, desde principios de siglo las únicas poblaciones importantes al E de Rusia sólo se encuentran en los Balcanes. Las demás —en Escandinavia, Polonia, Checoslovaquia, Italia, Portugal y España— son casi poblaciones relictas.

En la península Ibérica el lobo habita casi exclusivamente en el cuadrante NO, aunque existen dos núcleos aislados en el sur, uno en la Sierra de San Pedro (Extremadura), y otro en Sierra Morena. Según el biólogo Juan Carlos Blanco, la población española de lobos oscila entre 1.500 y 2.000 ejemplares, repartidos del siguiente modo: 500-700 en Galicia; 140 en Asturias; 800-1.100 en Castilla-León, y el resto en Cantabria, País Vasco y la Rioja (penetraciones ocasionales), y en las sierras meridionales antes mencionadas. Los daños que estos lobos causan anualmente a la ganadería se han cifrado entre 600.000 y 1.200.000 Euros.

En España en lobo está clasificado como «especie cinegética» y sólo está completamente protegido en los parques naturales y en dos comunidades autónomas: Extremadura y Andalucía. Sin embargo, se trata de una protección teórica, siendo en realidad Asturias la comunidad autónoma que mejor gestiona sus poblaciones de lobos —control de las poblaciones, indemnización a los ganaderos, etc.—, seguida de La Rioja y Cantabria.

En el Próximo Oriente y en Asia meridional, el lobo sobrevive en buena parte de su antiguo rango, pero en general se ha vuelto muy raro. En la India, por ejemplo, sólo sobreviven unos 500 ejemplares. A mediados de los años 70, su número en la antigua URSS se estimó en 50.000, dos tercios de ellos en las repúblicas asiáticas; sin embargo, este número ha aumentado recientemente.
El declive del lobo fue aún más drástico en el Nuevo Mundo. Hacia 1914 eran abatidos los últimos lobos de Canadá, al sur del río San Lorenzo, y en la mitad E de EE.UU., dejando aparte el N de Minnesota, Wisconsin y Michigan.

En 1940 desaparecían las últimas poblaciones en la mitad O de EE.UU. (sin contar Alaska). Hoy el lobo común todavía se encuentra en el sector N de los estados de Minnesota y Wisconsin y en la Isle Royale (Michigan). En Alaska está permitida su caza con fines deportivos o comerciales, pero las organizaciones ecologistas se oponen con fuerza a esta medida. Es difícil establecer el número total de lobos comunes en Norteamérica. Groenlandia cuenta con una población residente de unos 50 animales; Alaska, entre 4.000 y 7.000; Canadá, más de 30.000; y Minnesota, unos 1.200.

Sin embargo, la población que corre mayor peligro en el Nuevo Continente es la del lobo mexicano, en realidad una subespecie distinta, Canis lupus bailey, cuyo status en el medio salvaje es muy incierto (se habla de unos 50 individuos restantes) 39 de los cuales viven en cautividad. El lobo de la Gran Pradera americana, L. I. nubilus, está completamente extinguido.
La UICN clasifica la especie C. lupus como vulnerable y la CITES la incluye en el Apéndice 2, excepto las poblaciones de Pakistán, India, Nepal y Bhután, incluidas en el Apéndice 1.

En el SE de EE.UU. existía hasta los años 60 otra especie, el lobo rojo, Canis rufus. La especie fue extinguida en estado salvaje tanto por la persecución de que fue objeto por su condición de alimaña como por contaminación genética con el coyote Canis latrans. Pero en el último momento se lograron rescatar 14 animales genéticamente puros, y en 1989 el programa de cría había conseguido reproducir 83 descendientes. La mayoría de estos animales están todavía en cautividad, pero a partir de 1987 se ha intentado reintroducir algunos ejemplares en la naturaleza. Los resultados hasta el momento presente no son concluyentes. La UICN considera que la especie C. rufus está en peligro de extinción.

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