Ciervo de Virginia

El Ciervo de Virginia está en peligro de extinción

Nombre científico: Odocoileus virginianus

animales en peligro de extinción y sus causas

Ciervo de Virginia

El ciervo de Virginia es un cérvido de talla mediana, con las astas poco desarrolladas, ramificadas y curvadas hacia delante. Pertenece a un género, Odocoileus, que también incluye al ciervo mulo (O. hemionus) y que se distingue del Cervus por la ausencia de caninos superiores; los Odocoileus también se distinguen de otros ciervos sudamericanos por poseer glándulas metatarsales.

Las dimensiones corporales del ciervo de Virginia muestran una gran variación geográfica; los machos adultos de algunas poblaciones norteñas miden más de 1 m en la cruz y pesan hasta 150 kg, mientras que los que habitan en los Cayos de Florida no superan los 70 cm y los 40 kg de peso.

El pelaje de este ciervo varía mucho según la estación: marrón rojizo en verano y gris pardusco, con las partes superiores más pálidas en invierno. Sus pelos, especialmente en invierno, son tubulares y un poco rígidos y quebradizos. La consistencia tubular del pelaje invernal permite que los pellejos floten en el agua y. por esta razón, han sido utilizados en ocasiones como chalecos salvavidas.

El ciervo de Virginia frecuenta una gran variedad de habitáis, pero prefiere las zonas con abundante vegetación para poder esconderse, aunque siempre evita los bosques muy densos. Sus horas de máxima actividad coinciden con la salida del sol y el atardecer. Se desplaza entonces con suma cautela ante el menor peligro, huye con gran rapidez y espectaculares brincos. Puede alcanzar los 64 km/h y posee excelentes aptitudes para la natación.

En algunas zonas, los ciervos de Virginia emigran en otoño hacia altitudes más bajas o hacia los puntos favorables de suministro alimenticio invernal. Dichas migraciones cubren distancias de 10 a 200 km. Su dieta incluye hierbas, arbustos, setas, nueces y líquenes; en ciertas épocas del año prefieren ramonear en los árboles.

La extensión del territorio del ciervo de Virginia es muy variable; sin tener en cuenta las rutas migratorias, oscila entre 24 y 138 ha para la hembra y 97 a 356 ha para el macho. Suele tener forma alargada y estar bien provisto de alimentos, agua y cobijo.

Al contrario que otras especies de ciervos, no acostumbra a formar grandes manadas. La unidad social básica es bastante reducida: una cierva adulta, una hija de un año de edad y los dos cervatillos de la estación en curso. La jerarquía se mantiene con posturas y miradas agresivas, encabritamientos, agitación de patas y persecuciones. En las situaciones agonísticas, los ciervos también emiten bufidos y diversos gruñidos.

Durante la estación de cría, los machos compiten unos con otros mediante combates ritualizados para obtener el derecho de asociación temporal con las hembras. Si después de las exhibiciones previas ninguno de los dos machos abandona la partida, los contendientes bajan sus cuernos, cargan uno contra otro e intentan empujarse y torcerse el cuerpo hasta que uno de los dos se dé por vencido.

Estas peleas con contacto físico son muy cortas (30 segundos como máximo). Es probable que muchos de estos combates no lleguen ni siquiera a plantearse, porque previamente los machos frontan sus glándulas faciales olorosas contra las plantas y marcan con raspaduras y orina los árboles y arbustos que delimitan su territorio nupcial.

Al contrario que otras especies, el macho del ciervo de Virginia no intenta formar un harén, sino que se asocia temporalmente con una sola cierva hasta que copula con ella o es desplazado por otro macho. Durante el invierno se forman asociaciones de animales de ambos sexos y de todas las edades en las zonas adecuadas para la alimentación o el cobijo.

Es probable que con esta conducta (en otras especies los ciervos de ambos sexos se evitan fuera de la estación de cría) se pretenda reducir la predación de los lobos durante el período de máxima vulnerabilidad, el de las nieves profundas. En diversas zonas de Sudamérica, se acoplan durante todo el año.

En muchas regiones, no obstante, existe un período de máxima intensidad reproductiva; en los llanos de Venezuela, por ejemplo, esta época se sitúa entre octubre y enero. En Canadá y EE.UU. casi todos los apareamientos tienen lugar entre octubre y enero, y el punto culminante de la época de celo se registra en noviembre.

El período de gestación es de 195 a 212 días, lo cual equivale a decir que en Canadá y EE.UU. los nacimientos tienen lugar entre abril y septiembre. En su primer parto, la hembra da a luz una sola cría, y en los siguientes dos y, a veces, tres o cuatro.

Los cervatillos, bellamente moteados, pesan 2 o 3 kg al nacer y pueden mantenerse sobre sus patas pocas horas después; sin embargo, no son capaces de correr hasta las tres semanas de edad.

Durante un mes permanecen escondidos entre la densa vegetación donde, cada 4 horas, la madre les amamanta. A los pocos días ya mordisquean las plantas, pero el destete definitivo no tiene lugar hasta cuatro meses más tarde. Las jóvenes hembras siguen en compañía de sus madres hasta aproximadamente los dos años de edad, pero los machos la abandonan al cumplir el primer año.

Tanto los machos como las hembras suelen alcanzar la madurez sexual a los dos años de edad, aunque en algunas poblaciones las hembras son más precoces y la alcanzan al cumplir apenas el año. La longevidad máxima registrada es de 23 años (se trataba de una hembra preñada) pero en estado salvaje son raros los individuos que superan los diez años de edad.

Antes de la llegada de los europeos a Norteamérica los efectivos de ciervos de Virginia oscilaban entre 20 y 40 millones. Los indios nativos los cazaban por su carne, tierna y jugosa, y por su piel de gran calidad, pero su actividad no tenía efectos negativos sobre las poblaciones de ciervos.

Con la colonización europea, la caza del ciervo de Virginia fue tan intensiva —el objetivo de la caza ya no se limitaba a la subsistencia, sino que también incluía el comercio intensivo— que fue necesario prohibirla en diversas zonas. Pero su eficacia fue tan reducida que hacia 1900 apenas quedaban unas 300.000 cabezas.

Afortunadamente, los esfuerzos de conservación subsiguientes propiciaron una importante recuperación de la especie y volvió a instalarse en muchos de los territorios que había abandonado a principios de siglo.

Sólo en EE.UU. su población se aproxima a los 14 millones y los cazadores pueden abatir anualmente 2 millones de cabezas; estas cifras dan una buena medida de la recuperación de la especie en el N del Nuevo Continente.

Si bien es cierto que la recuperación de los efectivos del ciervo de Virginia ha sido general en Canadá y en EE.UU. también es verdad que se han hecho numerosas transferencias de animales de unas zonas a otras y que muchas de las poblaciones actualmente existentes no representan el tronco nativo original.

Por una parte se han introducido ciervos de Virginia en varios lugares, siendo la introducción más brillante la realizada en Nueva Zelanda. Pero, por otra, se ha de reconocer que muchas poblaciones o razas originales han desaparecido por completo o bien han sido genéticamente integradas en poblaciones procedentes de otros lugares.

En Sudamérica los problemas son más graves, ya que la caza ilegal supera con creces los cupos permitidos por la ley y el rápido incremento de la población altera o destruye muchos hábitats favorables.

Diversas subespecíes del ciervo de Virginia se encuentran en peligro o en una situación delicada. El ciervo virginiano de Columbia (O. v. leucurus), concretamente, que antiguamente ocupaba todo el O de los estados de Washington y de Oregon, sólo se encuentra hoy en un pequeño parque nacional a orillas del río Columbia y en la cuenca del río Upqua (Oregon); sus efectivos apenas suman 3.400 cabezas. La UICN considera esta subespecie como rara y existe el posible agravante de hibridación con el ciervo mulo (O. hemionus).

Otra subespecie amenazada —aunque sólo el Departamento del Interior de EE.UU. la considere como tal— es el diminuto ciervo que habita en los cayos occidentales de Florida (O. v. clavium). En 1945 esta subespecie estuvo a punto de desaparecer (sólo quedaban 26 individuos), pero los esfuerzos de conservación ulteriores permitieron una importante recuperación y sus efectivos aumentaron hasta 400 a principios de los años 70.

Durante años se ha considerado modélica esta recuperación. Sin embargo, la reciente pérdida de habitat en torno al reducido refugio oficial creado en los años 50, junto con la mortalidad provocada por vehículos u otras causas asociadas al acelerado desarrollo urbano de los Cayos, han reducido de nuevo la población a tan sólo 250-300 animales y hoy se teme por su supervivencia. No se conoce el status de las subespecies sudamericanas, pero es probable que, en general, sea bastante precario.

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