Cabra montés pirenaica

La Cabra montés pirenaica está en peligro de extinción

Nombre científico: Capra pyrenaica

animales en extinción

Cabra montés pirenaica


La cabra montes pirenaica es un animal endémico de la península Ibérica. En consecuencia, recibe también el nombre de cabra ibérica. Una de sus subespecies, la cabra hispánica propiamente dicha, es uno de los ungulados más característicos de la montaña mediterránea. Por el testimonio de abundantes fósiles y las pinturas rupestres del Cuaternario tardío, sabemos que antiguamente vivía en los bosques y veredas de las tierras más bajas de la Península.

Pero el acoso de los cazadores del Neolítico la empujó hacia zonas más altas y, más tarde, durante la Reconquista y la deforestación subsiguiente causada por la roturación y la ganadería transhumante, su habitat quedó definitivamente reducido a las más escarpadas montañas.

La cabra ibérica está perfectamente adaptada a los sustratos rocosos: la ausencia de membrana interdigital en los pies permite a los dedos actuar como pinzas; las pezuñas blandas y espesas son muy adherentes; las pezuñas rudimentarias del segundo y quinto dedos actúan como talones accesorios cuando el animal sube o baja, etc. Es evidente, por tanto, que incluso en tiempos prehistóricos, cuando habitaban zonas más bajas, las cabras debían buscar habitáis rupícolas o, como mínimo, la proximidad a zonas rocosas o muy pedregosas para gozar de cierta ventaja en la huida.

Por ello, algunos autores se preguntan si la cabra ibérica no se vio obligada a descender a los llanos por el rigor climático de la última glaciación, para regresar, al atemperarse el clima, a su habitat montano prefe-rencial (y no por la presión del hombre). Sin embargo, en contra de esta teoría puede argumentarse que el pie de la cabra, desprovisto de membrana ¡nterdigital, se adapta muy mal a la nieve y el hielo.

En cualquier caso, una vez aisladas en los distintos macizos montañosos que les servían de refugio, las cabras ibéricas comenzaron a evolucionar de forma independiente hasta adquirir una serie de formas diferenciadas. A principios de siglo, el zoólogo español Ángel Cabrera distinguió cuatro subespecies o formas de cabra ibérica, basándose en la distribución de las manchas negras y la forma de los cuernos.

Las subespecies de A. Cabrera son las siguientes: Capra pyrenaica pyrenaica, la subespecie tipo exclusiva del Pirineo; C. p. victohae, en las serranías interiores de la Península; C. p. hispánica, en las montañas más mediterráneas, desde los puertos de Beceite hasta la sierra gaditana de Grazalema, pasando por las valencianas, murcianas y malagueñas y la de Cazorla; y, finalmente, la C. pyrenaica lusitanica, que habitaba en las montañas del N de Portugal, donde se extinguió en 1890.

Cabrera consideró como tipo la subespecie de los Pirineos porque opinaba —y así continúan pensando sus seguidores— que la especie había entrado por esta cordillera empujada por las glaciaciones del Cuaternario.

De allí había bajado hacia el sur. por la parte occidental, hasta llegar al Sistema Penibético, dejando poblaciones instaladas en los distintos macizos por donde pasaba; una vez en el extremo S de la Península, y ante la imposibilidad de franquear el Estrecho, habría subido otra vez hacia el norte, pero esta vez por la zona de Levante hasta el río Ebro.

La clasificación en cuatro subespecies continúa aceptándose, aunque algunos opinan que todas las cabras montesas ibéricas pertenecen, en realidad, a una sola subespecie. En particular algunos autores, sobre todo franceses, ponen en tela de juicio la clasificación de Cabrera, argumentando que existe una gran diversidad de diseños en el pelaje y en la forma de los cuernos dentro de una misma población.

En cualquier caso, se impone una seria investigación taxonómica de la Capra pyrenaica no sólo por razones estrictamente académicas, sino también por las que atañen a la conservación de algunos focos amenazados. Éste es especialmente el caso para la cabra pirenaica considerada por Cabrera como tipo, el bucardo de Ordesa.

Hoy sólo quedan entre quince y treinta ejemplares (dos o tres según los zoólogos más pesimistas) refugiados en la inaccesible faja de Pelay, dentro del Parque Nacional de Ordesa-Monte Perdido, y los esfuerzos realizados hasta ahora para aumentar sus efectivos han sido prácticamente infructuosos.

La UICN considera amenazada de extinción la subespecie pero, si se demostrara que la clasificación de Cabrera es obsoleta en favor de una única subespecie, no habría ningún problema para repoblar Ordesa, e incluso el N de Portugal y el S de Galicia, con «bucardos» procedentes de otras regiones ibéricas.

Las otras dos «subespecies» gozan de un estado de salud mucho más favorable. En Gredos viven unos 6.000 ejemplares de C. p. victoriae y los efectivos de la C. p. hispánica, cuyo número es más elevado, se reparten así: 8.000 en los puertos de Tortosa-Maestrazgo; 700 en la sierra Martes; 1.400 en el conjunto Cazorla-Alcaraz-NE de Murcia; más de 4.000 en Sierra Nevada; 600-700 en las sierras de Tejeda y Almijara (Málaga); 3.500 en la Serranía de Ronda; 500 en la Sierra de Grazalema; 50 en Sierra Magina (Jaén) y menos de 50 en la Sierra Morena de Ciudad Real.

Todo ello sin tener en cuenta los ejemplares introducidos en las Batuecas, Serranía de Cuenca y Sierra de Baza (Granada), que suman unas 1.330 cabezas.

Ahora bien, el hecho de que la cabra montes pirenaica sea un animal endémico de la península Ibérica y que una de sus pretendidas subespecies, la que constituiría el tronco común de la especie, esté en peligro inminente, nos obliga a catalogarla, en conjunto, como especie rara. Uno de los factores más importantes de la desaparición de la cabra ibérica en muchas sierras fue la caza abusiva, especialmente cuando se efectuaban grandes batidas.

Actualmente, la supervivencia de la cabra está asegurada en todos sus habitáis (excepto en Ordesa y en Ciudad Real, que cuentan con un reducido número de efectivos) gracias a la creación de parques naturales y de reservas de caza, en las que ésta se practica bajo un estricto control.

La cabra ibérica se alimenta de hierba, hojas de arbustos, bellotas y otros frutos de árboles y arbustos, entre los cuales parece que ocupa un lugar destacado el madroño (al menos en los ecosistemas mediterráneos).

Muestra un gran dimorfismo sexual: el macho es bastante más corpulento que la hembra, tiene unos cuernos muy grandes y robustos y exhibe en su pelaje unas manchas negras características, cuya extensión varía de unas subespecies a otras; la hembra presenta una coloración más uniforme y sus cuernos son mucho más pequeños.

En Cazorla, Gredos y puertos de Tortosa-Maestrazgo la época de celo tiene lugar entre octubre y noviembre; en Ordesa, que es más tardía, en diciembre. En este período los machos suelen entablar espectaculares batallas en las que, siguiendo unas pautas de conducta muy ritualizadas, entrechocan sus cuernos mientras se mantienen enhiestos sobre sus patas posteriores. Tras una gestación de 165-170 días, la hembra da a luz una cría única, rara vez dos (el porcentaje de gemelos varía de unas poblaciones a otras), a la que amamanta durante tres meses.

La hembra, que lleva una existencia solitaria, hasta el destete de la cría, se junta en otoño con las demás hembras (y sus crías) para formar cada invierno un rebano matriarcal. Al crecer, los jóvenes machos son expulsados de la manada y las hembras quedan incorporadas en ella.

Los machos jóvenes, que tras la expulsión están expuestos a una mortalidad elevada, se juntan con uno o más machos adultos, formando a veces grupos bastante numerosos. Las hembras alcanzan la madurez sexual a los 1,5 años de edad y a los dos ya están en edad de parir.

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